En mi niñez y juventud, era muy común que las personas vivieran en barrios que no eran más que grupos de casas con algo en común. En esos barrios, las personas se conocían entre sí, compartían alegrías y penas, se cuidaban mutuamente y compartían desde un plato de comida hasta la reparación del techo de una casa en una especie de comitiva.
Era raro encontrar las puertas de las casas cerradas o con llave, y las personas circulaban con cierta libertad de una casa a otra. En aquellos tiempos, se usaba frecuentemente la palabra "vecino", que siempre estaba en boca de los mayores. "Ve a la casa de la vecina para que preste una libra de panela", "ve a casa del vecino para pedir prestado un serrucho", "lleve a la vecina esta natilla que preparé", y así sucesivamente.
Sin embargo, en la actualidad, la palabra "vecino" es una expresión arcaica que tiende a desaparecer debido a su falta de uso, siendo reemplazada por los términos "copropietario" o "residente". Estas palabras carecen de toda connotación afectiva, ya que muchas veces ni siquiera conocemos el nombre del copropietario de enfrente. Además, en la mayoría de los casos, nuestros hijos ya no entran en sus casas y el contacto se limita a las áreas comunes.
El único contacto que se tiene en ocasiones es en las asambleas, donde se discuten temas de interés para la comunidad. Sin embargo, en muchas ocasiones, este contacto se limita únicamente a los propietarios interesados en evitar el aumento de las cuotas, lo que demuestra un vínculo puramente económico y egoísta en general.
Actualmente el termino “vecino” se escucha cada menos y los propietarios asistimos lentamente a la soledad acompañada, como cuando se viaja en bus y todos juntos pero cada uno en sus pensamientos , ni enterarse quien está al lado.

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